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MURA. México.

Catálogo exposición”Miradas Especulares” Museo de Arte Raúl Anguiano (MURA). Guadalajara (Mexico), Marzo 2012


 

RECOPILACIÓN DE NARRACIONES BREVES

José Manuel Ciria

 

Rotuladores de colores

 

De niño copiaba con rotuladores Carioca las portadas de los comics
de la editorial Bruguera, con aquellos maravillosos personajes de Ibáñez.
Luego vendía aquellos dibujos a mis compañeros de clase y a los profesores.
Desde entonces nunca había vuelto a dibujar con rotulares.
Inmerso en la serie Cabezas de Rorschach III (2011), pasé por Blick,
mi tienda habitual de materiales, para comprar un par de cosas que necesitaba.
Aunque había estado un centenar de veces en el establecimiento,
nunca me había detenido a observar el departamento dedicado
a marcadores. Una idea me invadió la mente, ¿por qué no hacer
algunos de los dibujos, en lugar de con grafito,
con rotuladores? Empecé a elegir colores, e hice venir a un
dependiente para que me abriera los armarios de cristal, donde
se guardaban las marcas más caras con los tonos
más “suculentos”, conservados como si fueran latas de caviar.
El precio, lamentablemente, era inmensamente mayor,
que aquellos Carioca de mi infancia.

 

Historias de Hoteles

 

Parte I. El Hotel de Toronto

 

El edificio por fuera, no entiendo a descifrar el motivo,
me recordaba a la casa de la película Psicosis. Había tres entradas,
una a la cafetería, otra central a la recepción y una tercera al bar-restaurante
americano. De mostrador de admisión servía una vitrina donde
podían adquirirse camisetas y recuerdos del Gladstone. Ese es el nombre.
Como en medio del rodaje de una película surrealista, nada más
traspasar la puerta, te encontrabas con un montón de gente
absolutamente extraña y pintoresca. Nadie vestía de una
forma convencional. Todos los recepcionistas eran gays, hombres y mujeres
extremadamente abiertos y simpáticos (canadienses),
los clientes eran tan estrafalarios que resultaba imposible
determinar sus procedencias. Me enseñaron un gran libro con fotografías
de cada habitación para que eligiera; cada una estaba decorada de forma
completamente diferente. El ascensor, se conservaba, de cuando el edificio fue
construido y el ascensorista ataviado de cowboy iba con todas las prendas
cubiertas completamente de chapas, pins, placas e insignias; y pareciera
que hubiera desempeñado dicha función desde el primer día que aquel
elevador fue instalado.
El suelo de los pasillos y las habitaciones tenían un claro desnivel, como
si medio edificio hubiera cedido abruptamente ante un asentamiento
de la tierra donde éste se levantaba. Pero lo más curioso ocurrió al
empezar a deshacer la maleta y mirar mi reloj, observé que se
había parado. Intente recomponerlo, pero fue imposible. También tuve
una extraña sensación: no podía adivinar qué hora era.
Baje a la cafetería a picar algo antes que Christopher viniera a buscarme.
A mi lado había dos mujeres preciosas charlando entre sí. No podía dejar
de observarlas, y de repente, me di cuenta de que solo una de ellas llevaba
reloj, y que también estaba parado.
Christopher me llamó al móvil y dijo que me recogería en la esquina del hotel a las 12.
Contesté que me parecía perfecto, pero al colgar, pensé que se había equivocado.
Debía ser casi esa hora cuando llegue al edificio desde el aeropuerto.
Y entre la elección de la habitación, el papeleo,
la subida al cuarto, el desempaquetar, colocar mis cosas y el rato que había
pasado en la cafetería, al menos tendría que ser cerca de la una y media de la tarde.
A los pocos minutos de salir a la calle, mi amigo me dio una voz
desde dentro de su coche al otro lado de la calzada. Según cruzaba miré mi
reloj y descubrí que volvía a funcionar marcando las doce en punto.
Hoy estoy seguro de que mucha gente vive sin salir jamás del Hotel Gladstone,
un lugar singular, donde el tiempo no transcurre.

 

El sueño de la palabra, la memoria y el tiempo

 

(el concepto, la pintura y lo orgánico)

 

Publicado originalmente en la Revista «Tendencias», Valencia, diciembre de 1993, pp. 24-25.

 

En ese intervalo que existe entre el sueño profundo y el sonido
del despertador, ese lugar que sólo controlamos los Soñadores Expertos,
y donde siempre invitamos a alguien que nos acompañe
para alentar su aproximación, su reincidencia y por fin su adicción.
En ese preciso lugar donde cada día se oye en la lejanía el murmullo que produce
un rebaño de vacas, siempre discutiendo sobre semiótica
como si de una especie de fondo musical se tratara,
es precisamente donde se desarrolla esta breve historia.
Por fin me había decidido a visitar el estudio de Malevich;
aunque en numerosas ocasiones lo había intentado,
nunca había encontrado el momento de hacerlo.
Fue su insistencia la que logró convencerme. Y allí estaba yo,
sentado a su lado, mientras él se movía nerviosamente
por aquel diminuto taller, enseñándome algunos papeles y la última pieza
que había pintado: un pequeño cuadrado negro sobre fondo blanco.
Me percaté enseguida que Kasimir se daba cuenta
de la importancia de aquella obra; yo, por supuesto,
tenía prohibido informar sobre los hechos venideros,
y tan sólo pude reconfortarle con un breve –es muy interesante–.
No obstante, la mañana resultó agradable y conversamos
sobre las leyes suprematistas y de todos los proyectos
que tenía para el futuro. Nos despedimos en un abrazo,
sabiendo que volveríamos a encontrarnos.
Cuando me disponía a regresar, me dije a mí mismo
–ya que estás en 1913, aprovecha para visitar a Marcel.
Según la biblioteca, la semana pasada estuvo trabajando con una rueda de bicicleta.
Será bonito visitarle y charlar con él, y dado que aún no ha sonado
una alarma estridente…–. Fue un gran error.
Nada más atravesar el umbral de la puerta
observé que se había producido un gran cambio;
parecía como si le molestase mi presencia y, entre aquel
manifiesto desorden de piezas inacabadas, me enseñó
a regañadientes su Rueda de Bicicleta.
No paraba de fumar y de tirar objetos contra las paredes,
y fue tan grande su aparente desesperación que no pude evitar
confesarle que tenía algunas informaciones memorizadas
de los siguientes ochenta años. Empecé por explicarle su teoría sobre el Ready-Made,
de cómo, según sus propias palabras,
los objetos de serie son promovidos por la elección del artista
a la dignidad de objetos de arte; sobre su clasificación en
puros, asistidos, rectificados; sobre los ready-made latentes,
y los recíprocos, y los… ¿Qué estoy haciendo? ¿Estoy loco, idiota…?
En mi frustración comencé a oír carcajadas. Era Marcel.
De un pequeño cajón sacó un cuaderno repleto de apuntes y
me enseño que ya tenía anotadas todas mis declaraciones,
antes que yo le dijera nada. Marcel era un maestro de
Soñadores Expertos y había conseguido visitarse a sí mismo años después.
Todo había sido una pose de artista, una farsa malintencionada.
Una citación del Juzgado de Soñadores Expertos
simultáneamente al fuerte sonido de la alarma del despertador.
¡Oh no! No podía despertar, no iba a llegar a mi cita.
Allí me encontraba, como un tonto, retenido, esperando la sentencia.
¡Maldita sea! No me merecía esto.
Al poco rato sonó el timbre de la puerta.
Cabreado y decepcionado, salté de la cama como escapando de una horda y,
al abrir, allí estaba Marcel, con una sonrisa cínica,
elegante, fumando y echándome el humo.
–Lo he hecho por tu bien, tienes mucho trabajo y poco tiempo
para soñar. Además, tienes que desarrollar lo que te comenté
en mi anterior visita, debes analizar y formular el campo preconceptual,
tanto teórica como experimentalmente…–. ¡Blam! Le cerré la puerta
en las narices, ¡qué hijo de puta!
Cuando pueda, visitaré a J.B. para trazar algún plan.
Tengo que devolvérsela. Esto no se queda así.

La visita transformadora

 

Publicado originalmente en «Revista de Museología». Madrid, noviembre 1999, p. 3.

 

Llevaba unas semanas especialmente inquieto y no dejaba
de preguntarme qué me ocurría. Estaba cansado y era incapaz
de encontrar algo que me ilusionase. A veces, fugazmente
y sin darme cuenta, me rondaba la idea de un dulce suicidio.
Mi mente comenzó a vagar sin una dirección precisa.
Desde mi nacimiento y durante mi infancia tuve la extraña fortuna
de disponer de una serie de pruebas sobre la existencia de Dios.
Primero, un minúsculo volver a despertar y primer pensamiento,
dentro aún del vientre de mi madre. Después, a los cinco o seis años,
una visión en el patio trasero de la casa en la que vivíamos con
Alice y Mr. Dalky en Manchester. Creo que aquella noche sacaba
una bolsa de basura para tirarla al enorme cubo metálico.
Una música perfecta me atenazó y atrajo mi mirada hacia el cielo.
Allí, ante mis ojos, unos ángeles elevaban hacia las oscuras nubes
un gran carro dorado entre cánticos y danzas. Por último,
pocos años después, mi primera visita al Museo del Prado.
Yo siempre había dibujado, y sobre aquellas fechas me regalaron
mi primera caja de óleos. Imagino que este hecho precipitó
la mencionada visita. Si he de ser sincero,
casi todo desapareció de mi memoria como si de
un agujero negro se tratara. Todo alrededor de aquel
acontecimiento quedó absolutamente eclipsado, sin embargo,
conservo totalmente diáfano el recuerdo de ese primer encuentro.
El cielo podría ser verdad simplemente por existir
el Infierno de El Bosco, y la imagen más brutal que jamás
he presenciado, ese deforme y horrible anciano
devorando a su propio hijo. En torno a esta pintura de Goya
se han convocado el vértigo y mis más terribles pesadillas.
Tenía extraños presentimientos…, necesitaba urgentemente
relajarme. Decidí realizar un viaje.
Desde hacía años me tentaba visitar aquella ciudad,
el museo, contemplar en directo la pintura que me atraía
irresistiblemente desde la niñez. Llegué un miércoles lluvioso,
a media mañana. Mi hotel se encontraba en el barrio viejo,
a escasos cien metros del, en apariencia, vetusto museo.
Aquella tarde di un corto paseo y descansé.
Necesitaba encontrarme en plenas facultades para mí ansiada visita.
La gente formaba una larga hilera frente a las grandes puertas.
Sorprendentemente, al traspasar el umbral tuve la impresión
de que el edificio era más amplio por dentro que por fuera.
Excitado, busqué en el plano la ubicación de la anhelada pintura.
Subí escaleras, recorrí estancias y por fin, delante de mis ojos,
se encontraba la fabulosa escena. Me senté en un mullido
butacón en el centro de la sala hexagonal
y dejé mi mente en blanco.
Debieron pasar horas en lo que me parecieron minutos.
Para mi sorpresa nadie entró en aquella extraña habitación,
ningún visitante, y se supone que la obra que recorría mi mirada
era una de las estrellas de la pinacoteca.
El tiempo se desvaneció por completo.
Cuando fui a levantarme para abandonar el recinto,
me acerque a la gran pintura como en una despedida.
No sé qué ocurrió, la escena era tan real que no pude evitar
levantar mi mano para tocar la obra…, –todo mi cuerpo atravesó
el supuesto lienzo, podía andar entre las figuras,
recorrer aquel espacio, observar el gran paisaje–.
Tuve miedo, sentí terror, quise salir por la misma entrada
pero no la encontraba; tras numerosos intentos conseguí
al fin traspasar una barrera.
El lugar no era el mismo del que había partido. En nada se parecía.
Ahora, vivo aquí, olvidando poco a poco mi antigua existencia.

 

La casa roja

 

Parte I. Moscú, 16 de marzo de 1932

 

Había metido en la maleta un paquete de spaghetti,
un botecito de cayena y una botella de vino blanco seco.
Cosas imposibles de encontrar entonces en aquella ciudad.
Le estaba preparando mi exitosa pasta a mi amigo Kasimir,
mientras conversábamos tomando una botella de un vodka lamentable.
Después del almuerzo, estuvimos deambulando por el pequeño estudio.
Movimos muchas obras y detrás de una pila de cuadros embalados,
apareció una pequeña obra inacabada con un cuadrado rojo
en el centro de la composición.
Malevich me miró extrañado cuando le comenté que veía una casa roja
en aquel cuadro suprematista, mientras le abrazaba y me despedía,
–volveré a visitarte en cuanto pueda Kasimir,
yo ahí veo una casa roja con un tejado negro sobre un horizonte
con líneas de colores y un cielo azul con nubes–.

 

Mejillones y caligrafía

 

Es difícil no comer mejillones y patatas fritas en Bélgica.
El padre de Marcel Broodthaers estaba disgustado con su hijo,
mal estudiante, loco, poeta y camorrista.
El progenitor llevaba toda la vida en su pequeño restaurante
en el centro de Bruselas, y quería que Marcel dejase sus poemas
y devaneos artísticos. Castigaba a su primogénito
a barrer el negocio familiar, y los fines de semana
obligaba al chaval a escribir su nombre cientos de veces
para mejorar su espantosa caligrafía.
El pobre Marcel vivía obsesionado intentado mejorar
su letra y recogiendo cáscaras de mejillones.
Sus amigos le arrastraron a inscribirse en el grupo
de Surrealistas-Revolucionarios, aunque él siempre fue un Dada.
Un día, un tal Philippe Edouard Toussaint, incluyo en una exposición
de su galería unas bandejas de caparazones de
los moluscos y varios de los cuadernos de caligrafía de Marcel.
El padre falleció poco después de una parada cardíaca
provocada por un ataque de ira.

Sin título

 

En algún momento de Sueños Construídos en el 2003

 

Publicado originalmente en el catálogo «Ciria – Sueños Construidos», Galería Estiarte, Madrid, enero de 2004, p. 5.

 

En la duermevela volaba al taller flotando en una nube.
Al abrirse la puerta, una luz cegadora y blanca se hacía dueña
del espacio: no quedaba vestigio de pinturas, ni grumos en el suelo,
ni ninguna suciedad, sólo una luz omnipresente que borraba
las aristas y rincones. Al llegar al centro de aquella
enorme habitación, mi primer pensamiento fue sencillo
–¡que aburrimiento si esto es el cielo!, un lugar donde ser luz
en medio de la luz. Cuando muera tengo que acordarme
de llevar bastantes bastidores, telas y mucha pintura. ¡Que coñazo
si no puedo seguir pintando! –.
Después, al poco rato desperté, me fui al taller y pasé el día
entretenido componiendo unos collages rojos, sucios y barrocos,
mientras iba reservando cosas para el viaje.

 

La casa roja

 

Parte II. Bogotá, 5 de febrero de 2012

 

Salgo del acogedor y sorprendente museito de Botero. Picasso, Miró,
Tàpies, Sonia Delaunay, Max Ernst, Matta…
Y muchas obras fantásticas de la primera época del propio Botero.
Es domingo. En la esquina del Banco de la República, arranca un gigantesco
mercado de las pulgas que recorre un centenar de calles.
En aquel marasmo de puestos y cachivaches,
hay un pintor lituano llamado Jànis Janulis, con unos pequeños óleos
sobre tablex apoyados en la acera.
En uno de ellos veo la Casa Roja de Malevich de 1932, sin embargo, el cuadro
está resuelto en grises y con una sola línea de horizonte.
La memoria visual te lleva a relacionar y superponer cosas que
en apariencia son disímiles.
Malevich en Bogotá, a través de la obra de un artista lituano
observado desde mis siempre subjetivos ojos.
Lastima no poder contarle a Kasimir acontecimientos futuros,
aunque en una ocasión me dejo entrever que él también
dominaba el viaje del sueño expertizado.

 

Estúpida anécdota con un grifo

 

Miami. Estaba con un grupo de amigos tomando una copa
en la sobremesa de una cena. Me entraron ganas
de orinar. Después de resolver mi pequeña necesidad, me acerque
a la jofaina para lavarme las manos y refrescarme la cara.
Durante unos instantes me quedé colgado en una especie
de limbo, pues no era capaz de encontrar la forma de abrir
el grifo. Cuando volví a la conversación, estuve bastante
rato pensando en cómo es nuestro tiempo.
Durante toda mi vida, lo único que había que hacer
era dar una vuelta a la manecilla. Hoy, con los avances
tecnológicos, existen sensores automáticos que detectan
la presencia de las manos, o los grifos tienen unos diseños
imposibles de entender, o la manecilla gira en sentido contrario,
o está colocada en un lugar inverosímil, o existen infinidad de
botones… Resulta que en aquel lavabo no acertaba a abrir
el grifo por que era simplemente de manecilla, y yo buscaba
infructuosamente algo mucho más complejo
en aquel sofisticado baño.
No creo que toda la culpa la tuviera el alcohol.

 

Mirando adentro

 

Fragmento del texto «Ciria – Ideas residuales ante el espejo».

 

Publicado originalmente en el catálogo «Ciria – Entre orden y caos». Tel Aviv, Museo-Teatro Givatayim, 2001, pp. 9-13.

 

Sus ojos son tristes y sabios.
Sus sirvientes nos traen comida japonesa.
El séquito está formado por gente muy dispar, personas cultas e interesantes:
diplomáticos y abogados, historiadores y arquitectos.
Él, habla de sus proyectos y compromisos,
de su obra y sus ideas, de cosas banales y profundas,
de arte y del lugar que su obra ocupa…, mientras alimenta
su horrendo y monstruoso ego
.

 

Ideas de Paso

 

Publicado originalmente en el catálogo «Ciria – Between Memory and Vision». Colonia, Galería Adriana Schmidt, 1994, p. 8.

 

Pensamos que las cosas tienen una determinada cualidad
(que son de ésta o de aquélla otra manera),
pero las cualidades cambian con el tiempo.
Quizá sea ésta, entonces, la causa del cambio;
quizá, también intervengan aquí la memoria y nuestra
tendencia a acumular prejuicios. Nos sentimos diferentes
a los demás. Tristeza: perseguimos durante años perder la inocencia.
En un libro de mi infancia aparecen los toffe-shocks,
caramelos de sabor delicioso que, al entrar en contacto
con la saliva, empiezan a crecer dentro de la boca.
Siguen creciendo hasta un punto incomodísimo,
y en el preciso instante en que consiguen aterrorizarnos
explotan mágicamente sin dejar ningún rastro.
La espera… la humildad del artista cuando anhela
al espectador que elige sin apoyar su opinión en la ajena.
En esta espera se delimita un espacio radical:
el de la pintura que, como opción personal
fuera de corriente y de discurso, se cuestiona la afirmación/interrogación
de Duchamp sobre su muerte. Es una lástima pensar
que seguimos necesitando el diálogo.
Asumir el compromiso es saber de antemano que la mirada
nos impedirá recuperar a Eurídice. Por eso, cada uno tendrá
que obtener y disfrutar de otras experiencias durante el viaje.

 

Hay sueños que te agarran las tripas

 

Publicado originalmente en la revista «Descubrir el Arte». Madrid, septiembre 2002, p. 114.

 

Era una noche de calor espantoso, como éstas que ahora
ya empezamos a sufrir, tenía el sueño inapacible y no
conseguía sumergirme suficientemente en el abismo.
Deambulaba en una inquieta y húmeda duermevela.
Tras unas agobiantes horas quede inmóvil y me sorprendí
al vislumbrar, con diáfana nitidez, una especie de insecto alado
de cuya cola colgaba un enorme dado, con un uno y un dos,
y cuyas alas eran roji-amarillas y azul celeste. El pequeño insecto
se afanaba en jugar con una pequeña bola que sorprendentemente
flotaba a su lado, una preciosa flor, un cono y el signo de cierre
de un paréntesis. Dentro del sueño me encontraba complacido
–que imagen tan fantástica–. Me deje llevar.
De repente el animal alado me miró fijamente y haciéndome
gestos insistió que le acompañara. Recorrimos un sendero amarillo
que atravesaba Ciurana, hasta llegar a una preciosa casa
en mitad del campo. Junto a los huertos un gran asno se dedicaba
a masticar unas apetitosas briznas de paja. Al llegar al umbral de la puerta,
el insecto me detuvo indicándome que abriese mi boca.
Con certera puntería, el bicho introdujo la minúscula bola,
que según iba yo tragando, crecía y crecía hasta engullirme. Dentro de la bola
o de mis tripas, no sé, abrí los ojos para enfrentarme a una alucinógena
y arlequinada escena. El insecto discutía con un extraño señor,
que con ridículo sombrero de varios pisos, largo bigote, descolgada barba
y una enorme asta con una serpiente enroscada,
se afanaba en mover sus pequeños brazos, sujetando una vara,
mientras enseñaba su prepucio a través de la bragueta abierta.
Al mismo tiempo, un pequeño payaso jugaba bajo la mesa
con un gato de cara multicolor y un largo cordel. En la habitación, el movimiento
era violento y festivo, notas musicales recorrían la estancia junto
a serpientes voladoras, animales de extrañas alas entonaban canciones,
y desde una escalera, unas figuras asirenadas saltaban al vacío para caer
en una pequeña piscina con un enorme ojo que, absorto, contemplaba
el grito de un gallo cuellilargo. Tras la ventana, un cielo de pesado azul
de amanecer se veía interrumpido por una alta y elegante pirámide oscura,
mientras una sombra alzaba un brazo rojo intentando
alcanzar una gorda estrella negra. ¡De repente se oyeron gritos!
Toda la carnavalesca horda de bichos y amiguitos se precipitaron
por la ventana, huyendo despavoridos ante la presencia de una gorda
y enlutada mujer veneciana, que con una silla para sentarse,
agarraba en una mano una lechuza que miraba al techo.
Su cara, toda arrugas y una faz amenazadora y terrible, estaba coronada
por unos diabólicos ojos negros y una boca con afilados dientes.
De un mordisco me partió por la mitad. ¡Que dolor!
¡Debía despertar de aquel sueño! De un brinco salte de la cama
para quedar aterrorizado, al ver que mis piernas
continuaban sobre las sabanas y yo me estaba
desangrando con las tripas fuera.

 

Robando un filete de madrugada

 

Pintando con cáscara de plátano

 

Publicado originalmente en el libro monográfico «Ciria – Pintura sin héroe». Madrid, octubre 2003.

 

El cielo era plomizo y gris. Llovía suavemente,
y el frío y la humedad calaban hasta los huesos.
Un conductor despistado casi atropella a un niño que cruzaba
la calle con la cabeza cubierta por su gabardina.
El coche, en el quiebro, se abalanzó sobre unas bolsas de basura
abandonadas junto a la acera. El contenido de una de las bolsas
se desparramó sobre el asfalto, dejando una fantástica composición
de papeles y envoltorios anaranjados, restos de comida y cáscaras de plátano.
Los huecos del negro asfalto colándose desde el fondo completaban el sortilegio.
Me incliné y sacando de mi petate una barra de óleo blanco
que acababa de comprar en la tienda de la calle Canal,
empecé a dibujar una serie de líneas sobre el suelo y a trazar
un perímetro rectangular a tan sugerente abstracción.
Una mano se apoyó sobre mi hombro, –¿qué coño haces?–,
me preguntó Paco, envuelto en una gruesa bufanda,
–¡te va a aplastar un coche!–. Me aparté a un lado y le mostré
a mi amigo la imagen que estaba fabricando. Tardó en comprender,
me miró extrañado. Al rato estábamos los dos arrodillados en el suelo,
bajo la fina lluvia, dibujando y recolocando los papeles y desperdicios.
De repente, una pequeña ola de agua se precipitó sobre nosotros;
el autobús 43 aceleró al tomar la curva aplastando el charco que teníamos a nuestra espalda.
Nos reímos de nuestra locura, y continuábamos riendo
cuando traspasamos el umbral de la Taberna Cedro.
¡Joder! Estábamos como sopas. Nos quitamos los abrigos y nos arrimamos
a la gran estufa que calentaba el local, mientras el camarero
nos tiraba un par de grandes cervezas. Repentinamente la puerta
se abrió y, vociferando, entró Guillermo. –¡No me vais a creer!
Venía absorto en mis pensamientos cuando, cruzando la calle,
he tenido una aparición, un milagro, una visión. Un cuadro de belleza indescriptible,
en mitad de la calle, lleno de comida, porquerías y cáscaras de plátano.
¡Joder, joder! No vais a dar crédito a vuestros ojos. ¡Es la hostia!–.
Los tres salimos a la calle y nos acercamos hacia donde nuestro amigo nos encaminaba.
Se paró en seco y nos invitó a mirar. –¡Estás loco tío!– le dijimos al unísono,
–aquí no hay nada, ¿le has estado dando a la absenta o has esnifado pegamento?–.
Guillermo se quedó callado y meditabundo, mirando al suelo,
mientras Paco y yo volvíamos al bar cruzándonos miradas de complicidad.
Es ese mismo momento llegó Elena a la puerta del recinto, y nos pregunto extrañada
–¿Qué pasa colegas? ¿Qué hace Guillermo ahí, mirando al suelo y
sin resguardarse de la lluvia?–. Debe de sufrir una alucinación,
contestó Paco maliciosamente. Y Elena, encogiéndose de hombros,
profirió tranquilamente, –aunque sea artista como nosotros,
siempre me ha parecido un chico muy raro–.
Quizá esta anécdota contada ahora no tenga tanta gracia,
pero aquel día nos sirvió de tema para divertirnos,
mientras narrábamos a los amigos nuestra locura
y la genial reacción que tuvo Guillermo. Al poco tiempo,
empezaron a aparecer en sus cuadros huecos con pintura oscura
de sesiones previas, y manchas amarillas con forma de cáscara de plátano.
Pero aún hubo más. No había transcurrido ni media hora,
cuando las puertas se abatieron estruendosamente y nuestro amigo
Santiago entró en el local, cojeando y maldiciendo entre dientes. –¡Maldita sea!
He pisado una puta cáscara de plátano y casi me parto la espalda–.
Nos juntamos alrededor de nuestro camarada, intentando consolarle.
–¡Quietos!– dijo Elena, –¡mirád esto!–. Todos nos adelantamos observando
la espalda del gabán de Santiago, mientras él, alucinado y de mal humor
nos preguntaba, –¿qué pasa?–. Con sumo cuidado le ayudamos
a quitarse la prenda. Allí, en la espalda de aquel viejo gabán,
se había pegado, como si de una Santa Faz se tratara,
los desperdicios, los papeles y envoltorios y las cáscaras de plátano.
Sin mediar palabra, Bob se acercó a nuestra mesa y agachándose al suelo,
sacó de su bolsa un bote enorme de cola blanca y una brocha,
y cuidadosamente empezó a cubrir todas aquellas
inmundicias adheridas a la tela.
Estiramos con mimo aquel ropaje entre dos percheros junto a la estufa,
y continuamos entre bromas, charlando y tomando cervezas.
No nos quedaba dinero, cuando inesperadamente, (¿?) una camarera
dejó una fuente con un enorme filete junto a los platitos de las galletas saladas
que servían de aperitivo a las cervezas. En décimas de segundo,
el plato desapareció bajo nuestra mesa, mientras uno a uno íbamos
agachándonos para arrearle un buen bocado a aquel desmesurado steak. ¡La hostia!
Era tarde cuando ya borrachos y con agujetas en el estomago,
decidimos abandonar el local. Entre todos ayudamos a Santiago
a ponerse su impresionante y redecorado gabán. Salimos a la calle,
había dejado de llover. Atravesamos el barrio chino y nos encaminamos hacia el norte,
hablando y divididos en pequeños grupos. Al pasar junto a la lujosa entrada
del gran hotel, una voz femenina nos increpó.
–Perdonen, ¿pueden ustedes detenerse un momento?–. Una mujer, elegante
y delgada, observaba ante nuestra sorpresa la espalda del gabán
del cariacontecido Santiago. –¡Quiero comprarle su abrigo!–.
Santiago rehusó sonriendo, pero ella insistió poniendo un tono severo.
–¡Le doy mil dólares!–. Antes que nadie pudiese pestañear,
el gabán estaba en los brazos de aquella sofisticada dama.
Cambiando de rumbo nos encaminamos dos manzanas hacia el sur.
A las cuatro de la mañana, un italiano amigo de Santiago nos abrió
las puertas de su modesto restaurante, ofreciéndonos una “primera” ronda de cervezas,
mientras su mujer nos preparaba la más suculenta de las cenas.
Fuimos servidos por el resto de la familia, que embutidos en sus pijamas o batas
no dejaron de entonar canciones sicilianas.
Pesarosos, y ahora avergonzados, nos arrepentíamos de haber robado
aquel filete a la bonita camarera del Cedro.
Santiago, como es lógico, se resfrió aquella noche.
A los pocos días fuimos a visitarle en su convalecencia,
agasajándole con una bolsa llena de comida, papeles y envoltorios anaranjados,
y un buen racimo de plátanos.
Un niño, un coche, una bolsa de basura, un experimento,
y una sorprendente dama. Nunca volvimos a disfrutar de una velada como aquella,
pero nuestra vida, nuestra forma de mirar y nuestra obra,
a partir de aquel día, se transformaron radicalmente.

 

Historias de hoteles

 

Parte II. El hotel de Zacatecas

 

Había sido invitado a realizar una exposición de mi trabajo
en el Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez en Zacatecas, dentro de una
itinerante organizada por la antigua SEACEX (Sociedad Española de Acción Exterior),
que previamente se había mostrado en museos de Varsovia y Berna.
Al llegar al aeropuerto vinieron a buscarme, mi amigo Julio César Abad, co-comisario de la
exposición, y el entrañable Víctor Hugo Becerra, director del museo.
Lo primero fue dejar las maletas en el hotel, Hacienda Zacatecas, para después
ir a un restaurante local a degustar unos platos y beber unos vasos de Tequila.
La habitación del hotel era una estancia gigante, tipo suite, con una amplia y
luminosa terraza al fondo, una cama king con dosel, y una barra con banquetas altas
junto a la zona del salón. Las paredes estaban estucadas en vivos colores, haciendo
formas y vegetaciones.
La primera noche fue tranquila y de un sueño profundo, pero al levantarme
al día siguiente, me sentía lento y pesado. Achaqué la culpa a la altitud y al tequila.
Por la mañana supervisamos el montaje de la exposición y conocimos al genial maestro Felguérez
y a su adorable señora. Por la tarde dimos vueltas por la ciudad, visitando monumentos
y bares, rodeados por numerosas charangas de música llenas de gente que iban apareciendo
a cada esquina. Nos perdimos todo lo que pudimos dentro de aquella fantástica
y pequeña urbe. Muchas cosas comenzaron a ocurrir, pero la principal sensación que
empezó a invadirme fue que mi habitación del hotel era como una suerte de espacio mágico
que estaba conectado con todas las estancias y calles de la ciudad, con todos los edificios y
rincones. Las paredes, en un principio tenía una forma determinada, pero al volver a mirar
se abrían puertas que previamente no existían, o los muros desaparecían dejando la habitación
abierta directamente a los Murales de Osaka, a la plaza de la Catedral, o a lo alto del cerro
que domina Zacatecas.
La inauguración fue memorable, con la asistencia de la Gobernadora de la Región
y mucho público interesante. Entre toda la gente, apareció una diosa de extraordinaria belleza,
pelo moreno, alta, culta, sonrisa perfecta, voz suave y divertida.
Una mujer irreal, ataviada de forma sencilla y elegante, que reía ante mis comentarios
y me hacía preguntas sumamente intensas de mis pinturas.
Una cena rápida con un pequeño grupo de personas, comida picante, y una
obligada visita a La Mina. Después, la magia se hizo insoportable. Su sabor, su belleza, el tequila,
la habitación “cambiante”, el estucado de la pared del que salían mujeres, animales y plantas.
En el techo del dosel todas las estrellas del firmamento. Placer.
Las últimas palabras de la diosa fueron que me amaba, que yo tenía “mucho peligro” para ella y
que no volveríamos a vernos. Nunca contestó a un falso número de teléfono.
Algunos meses después volví a Zacatecas en solitario, para visitar a los amigos
e intentar recuperar todo aquella fantástica experiencia.
También, con la esperanza de volver a encontrarme con ella.
El inmenso problema empezó cuando le dije al conductor del taxi que me llevará al
hotel Hacienda Zacatecas. No supo darme razón, y aunque me llevó hasta la dirección que le indiqué,
al llegar no encontramos aquel fabuloso hotel. Había desaparecido.
Los edificios que colindaban con aquella soberbia construcción parecían haberse movido,
sin dejar el gran hueco que antes ocupaba.
Varias veces he vuelto a Zacatecas, pero nunca he conseguido volver a alojarme en aquel hotel.
Ni me he encontrado con ella.

 

M, S, P, F y C para MPA

 

Publicado originalmente en el catálogo «Ciria – El sol en el estómago». Pamplona, Galería MPA, enero 2003.

 

Al fin iba a disfrutar de unas merecidas vacaciones.
Quería visitar a cuatro amigos. Cuatro amigos en cuatro ciudades diferentes ubicadas
en otros tantos países. Cuatro, entre otros muchos a los que admiro,
que me reafirman en el mundo y me sirven de sustentación.
Como las cuatro patas de una de mis mesas de trabajo. En el último momento
decidí coger el avión hasta Moscú, y a partir de ahí, realizar todo
el itinerario y el viaje de vuelta en tren.
El 27 de octubre de 1917, M vino a buscarme al viejo aeropuerto,
recibiéndome con una sonrisa de oreja a oreja y un gran gorro de piel.
El día era soleado pero hacia un frío del demonio. Mientras nos acercábamos
a la urbe, mi amigo volvía a narrarme lo aburridos
que habían sido sus años de juventud en Kursk, trabajando en la oficina
y pintando por las tardes. Fueron unos días maravillosos, suprematistas
y geométricos. Visitamos a muchos de sus amigos y tuvimos largas
conversaciones en torno a un pequeño cuadro bicolor,
colgado en ángulo en un rincón del pequeño estudio. El arte es también
política e ideología, lastima que el sistema, da igual el que sea,
termina fagocitando y esterilizando cualquier
iniciativa. Cuando no, directamente prohibiéndola.
Nos despedimos en un abrazo, mientras el tren salía en dirección a
Varsovia. Varsovia, Berlín y Zurich. Un viaje largo e incomodo, si no fuera
porque los trenes iban modernizándose un poco en cada transbordo.
Llegué a Zurich el 18 de marzo de 1936. El mismo día, dieciocho
años después, del nacimiento de MERZ. El amigo S, a pesar del aspecto adusto,
era un tío campechano y divertido. Acababa de llegar de Hannover
para pasar una temporada en la ciudad. Mientras cenábamos en el cafetín,
me pasó un ejemplar de Der Sturm que yo le había pedido y tenía mucho interés
en conservar (An Anna Blume). Mientras le contaba cosas de los días en Moscú,
él me pormenorizaba anécdotas del congreso de constructivistas y dadaístas en Weimar,
–Tzara, Van Doesburg, Lissiztky… toda la banda de locos geniales–.
“¡Que suerte! –me dije a mí mismo–, ser testigo de la realización
del Sin título (5 öre). Con trozo de manzana y hojas verdes”,
mientras S recortaba y encolaba los pequeños papeles.
Visitamos Basilea y tuvimos la fortuna de ver todas
las ediciones de Art-Basel simultáneamente en el mismo día.
A la mañana siguiente, S continuaba recortando y encolando papeles
sobre un pequeño cartón. Disfruté mucho de la estancia, pero, todo se acaba.
De nuevo de viaje. El tren había salido puntualmente de Nueva York
y llegaría a Long Island sobre las cuatro de la tarde.
Lee, me esperaba reclinada sobre el coche a la salida de la estación.
Me sonrío invitándome a subir al vehículo. Era el 30 de octubre de 1950.
El East Hampton estaba colorido y lleno de vegetación,
árboles de hojas verde encendido, de ocres y amarillos maravillosos,
de rojos dispares claros y oscuros. Lee apenas abrió la boca mientras
nos acercábamos a la casa. P había tenido una nueva crisis…
Al terminar de cenar, me condujo al granero convertido en estudio.
Sentado en un taburete, en un rincón de aquel espacio,
P miraba al suelo ensimismado con una colilla apagada en la comisura de los labios.
El suelo del recinto era una jauría de color y formas, pintura derramada,
salpicada, volcada, escupida, eyaculada. En el centro de aquel amasijo
informe, una tela gigante –Autumn Rhythm (Número 30)–.
Hablamos poco, salimos a tomar unas copas. Simplemente nos sonreíamos.
Al día siguiente apareció por la parcela el amigo Clemente
con unos cuantos conocidos. P siguió bebiendo con ellos
mientras Lee lloraba en la cocina. Decidí hacer la maleta y marcharme.
Estaba demasiado implicado.
Las tres y media de la tarde, miércoles 3 de febrero de 1960.
Roma estaba preciosa, como siempre, y soleada,
pero Milán tenía el cielo cubierto de nubes, y aunque la temperatura
era agradable, el viento traía de tanto en tanto, el húmedo frío de los Alpes.
F tenía los brazos abiertos de par en par tras el umbral de la gran puerta.
Una luz débil, y en cada estancia, diferentes caballetes
con verticales bastidores entelados. La mezcla de argentino e italiano
produce una gente simpática, dicharachera y acogedora.
“Espera un momento, –me dijo F– voy a terminar este trabajo”.
Con un cuchillo bien afilado cortó el grueso lienzo de una pintura cubierta
de blanco de 130 x 97 cm. Concepto espacial (Espera).
El tejido iba abriéndose al paso del corte. “¿Te apetece hacer uno?”,
–me preguntó–. Rehusé. Por la noche fuimos a cenar a un inevitable
y divertido restaurante italiano y bebimos cervezas con Sambuca,
rodeados de bellas mujeres. Un bon vivant. Los días pasaron deprisa
junto a F. Era un magnífico conversador y un artista de enorme
preparación teórica. Lamentablemente, él tenía una serie de compromisos
y no pude prolongar mi estancia. El cielo seguía cubierto al despedirme de Milán,
pero cosa curiosa y capricho atmosférico, un corte estrecho y largo apareció
entre las nubes dejando que los rayos del sol se colasen por la rendija
entre las masas gaseosas, como si fuesen abriéndose ante el filo de un cuchillo.
De vuelta en casa. Me sentía cansado aquella mañana tras una noche muy larga,
con extraños sueños llenos de viajes y artistas famosos y desaparecidos.
Al llegar al taller empecé a trabajar en unas piezas pequeñas que
faltaban para la exposición que le había prometido a MPA. No conseguía
quitarme de encima cuatro palabras que me rondaban por la mente:
Ideología. Ruptura. Delirio. Reflexión.
¿Significarán algo?