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Galería Antonio Prates. Lisboa.

Catálogo exposición “El sueño de Lisboa” Galería Antonio Prates, Lisboa. Octubre 2004


CORTANDO ALAS A LIBÉLULAS

José Manuel Ciria

 

Me despierta el ruido lejano de una sirena. Abro los parpados lentamente y con la mirada trazo las líneas de luz que atraviesan la persiana. No sé cuantas horas llevo durmiendo, me siento pesado y sudoroso, hace mucho calor, necesito ir al baño, en la oscuridad busco en el suelo mis zapatillas con los pies, encuentro solamente una, qué más da, me levanto descalzo, son las seis de la mañana, sólo he dormido tres horas pero me parecen tres días. Al encender la luz me cuesta mantener los ojos abiertos, durante un buen rato me quedo inmóvil sintiendo mi respiración, voy a la cocina a beber un poco de agua y vuelvo con ansía a la cama. ¿Cómo iba a encontrar la otra puta zapatilla? Cada una está a un lado diferente de la cama ¿?. El sueño me abraza de nuevo y me siento flotar. La duermevela es mi lugar predilecto… Una mujer pinta una cama, una mujer que desde niña pinta camas, una niña-mujer ilusoria de cualquier edad en cualquier momento se dedica a pintar camas con barrotes rosas, rojos y amarillos. “Apolinère enameled” lo denominaba Marcel.

De pronto como en la mejor escena de la película espacial de Kubrick, desde mi cama me veo dormido en otra cama en medio de un enorme espacio, las luces están encendidas, pero mi sueño parece profundo. De la nada surge un puñado de musas. ¿Musas? Musas desnudas, perfectas, sensuales, cautivadoras… Incrédulo, miro sus pechos, su pelo, sus caras, sus sexos, sus nalgas. Las musas me arrastran fuera de las sabanas y comienzan a cantar un canto dulce e indescifrable. La enorme habitación cambia de color y me sorprendo con las desnudas diosas en derredor inmerso en una sobrenatural y matissiana “danza”. Ellas, comienzan a abrazarse, a acariciarse, a besarse… a tumbarse por el suelo, por las paredes, por el techo, adquiriendo la masa de cuerpos asombrosas y caprichosas formas. Me miran. Sonríen. Estoy delirando, tengo fiebre. Leger, y al fondo mi pintura. Despacio, muy despacio, voy haciendo el amor con cada una de ellas. Las primeras son como aire, de una fragilidad y dulzura extrema, las caricias apenas tocan la piel y el calor sólo se concentra en los sexos. Las siguientes son agua, me obligan a beber dulces néctares, me ahogan en miel, me beben. Intento voltear la cabeza, con cierta rudeza me lo impiden. Al terminar, me dejan flotando en el aire en medio de la gran habitación. Otras musas ocupan su lugar, son de piedra, me hacen daño, un dolor preciso y bajo, un dolor que es placer, un dolor que quiero acabe, y al pausar deseo que vuelva a comenzar más intenso. Una última musa me abraza y se transforma en fuego, es la reina-diosa del Peep-Show, ardo con ella mientras mantenemos un beso eterno.

Al rato, abro los ojos, ya no hay musas, en su lugar, a mi espalda, flotando a mi misma altura, hay pinturas. Mis musas son ahora pintura, mis eyaculaciones son pintura. Mi pensamiento es pintura. Toda la pintura.

Toda la pintura. Un desnudo desciende una escalera mientras un doble Elvis desenfunda su pistola y orina en R. Mutt transformado para la ocasión en A. Pratt, al tiempo que dispara a un bodegón de vasijas y botellas de colores tenues y trazo tembloroso ( ). Una diana, la más famosa diana no mitológica del arte me habla con cuatro cabezas que me dicen estar soñando en Lisboa, o soñar Lisboa con letras de Jones. Alex sonríe mientras Yago hace torpes y maravillosos dibujos sobre cada una de mis visiones, sobre cada una de mis palabras. Alex y Yago. Alex y Yago. Y también aquellos hijos que no conocieron la luz, el primero retratado pero sin nombre de segundo apellido Maillo. Y Aarón, niño deseado, perdida, decepción y dolor.

Dentro del sueño, sueño. Y el recuerdo del dolor y la perdida me llevan a otras perdidas. El sueño, bruscamente cambia de dirección. Dos grupos de adolescentes enfrentados, y yo amigo de todos ellos, incapaz de corregir ninguno de los acontecimientos atrapado al otro lado de la pantalla. Como en la realidad, inmerso en ella pero sin capacidad de modificarla, impotente de cambiar nada de este mundo. La escena discurre aunque que no queramos observarla. Desconozco el pueril motivo de los enfrentamientos, siento en mi carne la perdida, y grito, grito con lágrimas y desesperación. Placer y llanto, como dos caras de la vida. El rojo lo inunda todo, el rojo el primer color, el rojo es el color; simboliza el deseo, la alegría y la pasión, el movimiento y la fiesta. Demasiadas veces lo convertimos en violencia y sangre…

Un enorme monstruo me despierta del sueño en mi sueño, una enorme libélula de frondosos colores bate sus alas haciendo ruido junto a mis oídos. Ofuscado y enfadado, en mi sueño, agarro a la pequeña libélula y con mi impasible mirada le corto las alas. En mi sueño, todos somos culpables y violentos, todos cortamos alas a libélulas, en lugar de hacer el amor a la pintura, hacer pintura al mirar a la pintura. La pintura sólo existe al mirarla. Escribí y he leído como ajeno, que la única actitud del artista hoy es agarrar un cuchillo y clavarlo a cuantas personas encontremos a nuestro paso. En mi sueño, busco un gran cuchillo en el aparador de la cocina y salgo de casa a cazar libélulas. Cortando alas a libélulas.

Me despierta el ruido lejano de una sirena. Abro los parpados lentamente y con la mirada trazo las líneas de luz que atraviesan la persiana. No sé cuantas horas llevo durmiendo, me siento pesado y sudoroso, hace mucho calor, necesito ir al baño, en la oscuridad busco en el suelo mis zapatillas con los pies, encuentro solamente una, qué más da, me levanto descalzo, son las seis de la mañana, sólo he dormido tres horas pero me parecen tres días. Debo darme prisa, tengo que hacer la maleta, recoger materiales en el taller camino del aeropuerto y llegar a mi vuelo a Lisboa. Recuerdos, deseos, sueños y Lisboa.