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Galería Moisés Pérez de Albéniz. Pamplona.

Catálogo exposición “El sol en el estómago” Galería Moisés Pérez de Albeniz (MPA), Pamplona. Enero 2003


MSPF y C para MPA

José Manuel Ciria

 

Dedicado a Gloria Baraja

Al fin iba a disfrutar de unas merecidas vacaciones. Quería visitar a cuatro amigos. Cuatro amigos en cuatro ciudades diferentes ubicadas en otros tantos países. Cuatro, entre otros muchos a los que admiro, me reafirman en el mundo y me sirven de sustentación. Como las cuatro patas de una de mis mesas de trabajo. En el último momento decidí coger el avión hasta Moscú, y a partir de ahí realizar todo el itinerario y el viaje de vuelta en tren.

El 27 de octubre de 1917, M vino a buscarme al viejo aeropuerto, recibiéndome con una sonrisa de oreja a oreja y un gran gorro de piel. El día era soleado pero hacia un frío del demonio. Mientras nos acercábamos a la urbe, mi amigo, volvía a narrarme lo aburridos que habían sido sus años de juventud en Kursk, trabajando en la oficina y pintando por las tardes. Fueron unos días maravillosos, suprematistas y geométricos. Visitamos a muchos de sus amigos y tuvimos largas conversaciones en torno a un pequeño cuadro bicolor colgado en ángulo en un rincón del pequeño estudio. El arte es también política e ideología, lastima que el sistema, da igual el que sea, termina fagocitando y esterilizando cualquier iniciativa. Cuando no, directamente prohibiéndola.

Nos despedimos en un abrazo, mientras el tren salía en dirección a Varsovia. Varsovia, Berlín y Zurich. Un viaje largo e incomodo, sino fuera porque los trenes iban modernizándose un poco en cada transbordo. Llegué a Zurich el 18 de marzo de 1936. El mismo día, dieciocho años después del nacimiento de MERZ. El amigo S, a pesar del aspecto adusto, era un tío campechano y divertido. Acababa de llegar de Hannover, para pasar una temporada en la ciudad. Mientras cenábamos en el cafetín, me pasó un ejemplar de Der Sturm, que yo le había pedido y tenía mucho interés en conservar (An Anna Blume). Mientras le contaba cosas de los días en Moscú, él me pormenorizaba anécdotas del congreso de constructivistas y dadaístas en Weimar, –Tzara, Van Doesburg, Lissiztky… toda la banda de locos geniales–. “¡Que suerte! –me dije a mí mismo–, ser testigo de la realización del Sin título (5 öre). Con trozo de manzana y hojas verdes”, mientras S recortaba y encolaba los pequeños papeles. Visitamos Basilea y tuvimos la fortuna de ver todas las ediciones de Art-Basel simultáneamente en el mismo día. A la mañana siguiente S continuaba recortando y encolando papeles sobre un pequeño cartón. Disfruté mucho de la estancia, pero, todo se acaba.

De nuevo de viaje. El tren había salido puntualmente de Nueva York y llegaría a Long Island sobre las cuatro de la tarde. Lee, me esperaba reclinada sobre el coche a la salida de la estación. Me sonrío invitándome a subir al vehículo. Era el 30 de octubre de 1950, y East Hampton estaba colorido y lleno de vegetación, arboles de hojas verde encendido, de ocres y amarillos maravillosos, de rojos dispares claros y oscuros. Lee apenas abrió la boca mientras nos acercábamos a la casa. P había tenido una nueva crisis… Al terminar de cenar, me condujo al granero convertido en estudio. Sentado en un taburete en un rincón de aquel espacio, P miraba al suelo ensimismado, con una colilla apagada en la comisura de los labios. El suelo del recinto era una jauría de color y formas, pintura derramada, salpicada, volcada, escupida, eyaculada. En el centro de aquel amasijo informe, una tela gigante –Autumn Rhythm (Número 30)–. Hablamos poco, salimos a tomar unas copas. Simplemente nos sonreíamos. Al día siguiente apareció por la parcela el amigo Clemente con unos cuantos conocidos. P siguió bebiendo con ellos, mientras Lee lloraba en la cocina. Decidí hacer la maleta y marcharme.

Estaba demasiado implicado

Las tres y media de la tarde, miércoles 3 de febrero de 1960. Roma estaba preciosa, como siempre, y soleada, pero Milán tenía el cielo cubierto de nubes, y aunque la temperatura era agradable, el viento traía de tanto en tanto, aire frío y húmedo de los Alpes. F tenía los brazos abiertos de par en par tras el umbral de la gran puerta. La luz débil, y en cada estancia diferentes caballetes, con verticales bastidores entelados. La mezcla de argentino e italiano produce una gente simpática, dicharachera y acogedora. “Espera un momento, –me dijo F– voy a terminar este trabajo”. Con un cuchillo bien afilado cortó el grueso lienzo de una pintura cubierta de blanco de 130 x 97 cm. Concepto espacial (Espera). El tejido iba abriéndose al paso del corte. “Te apetece hacer uno”, –me preguntó–. Rehusé. Por la noche fuimos a cenar a un inevitable y divertido restaurante italiano. Bebimos cervezas con Sambuca, rodeados de bellas mujeres. Un bon vivant. Los días pasaron deprisa junto a F, era un magnífico conversador y un artista con una enorme preparación teórica. Lamentablemente, él tenía una serie de compromisos y no pude prolongar mi estancia. Al despedirme de Milán el cielo seguía cubierto, pero cosa curiosa y capricho atmosférico, un corte estrecho y largo apareció entre las nubes, dejando que por la rendija los rayos del sol se colasen entre las masas gaseosas, como si fuesen abriéndose ante el filo de un cuchillo.


De vuelta en casa. Me encontraba cansado aquel día por la mañana. Había sido una noche muy larga, y con extraños sueños llenos de viajes y artistas famosos y desaparecidos. Al llegar al taller empecé a trabajar en unas piezas pequeñas que faltaban para la exposición que le había prometido a MPA. No conseguía quitarme de encima cuatro palabras que me rondaban por la mente: Ideología. Ruptura. Delirio. Reflexión. ¿Significaran algo?