Rafael Sierra. Málaga. 2012. es
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Rafael Sierra. Málaga. 2012. es

Catálogo exposición “Juego de Espejos” Museo del Patrimonio Municipal (MUPAM). Málaga, Marzo 2012.


El juego de espejos de José Manuel Ciria

Rafael Sierra

 

La ventana es un elemento recurrente en la trayectoria de José Manuel Ciria. A través de sus ventanas habitadas, poéticas, el artista se asoma al mundo e intenta descifrarlo, atraparlo en su desgarro. A través de esos huecos que persiguen la luz, que alargan sus bordes hasta tocar el corazón de las cosas, el espectador se asoma a los pasajes de una obra que no se detiene, que avanza en múltiples direcciones, que anima al riesgo de una aventura cuyo destino final dependerá de cada uno, porque es el espectador el que debe decidir hasta dónde desea llegar, hasta dónde prolongar una experiencia que puede quedarse en la mera contemplación o avanzar hacia esas profundidades del ser donde se encuentran las preguntas esenciales.

 

En un presente donde lo estático cada vez tiene menos sentido, donde el ojo está acostumbrado al cambio, a las mutaciones, Ciria invita a pasear por un territorio abierto, en proceso de transformación permanente, para que el que mira interprete, modele, reflexione. Bucea el artista en sus impulsos y contradicciones, juega a retorcer la realidad una y otra vez para que sean todos los ojos que observan los que construyan sus historias particulares a raíz de sus propias experiencias y emociones. ¿Qué se esconde tras los rostros deformados, asustados, indignados que configuran las distintas series de sus Cabezas de Rorschach? ¿Cuánto dolor puede contener un gesto, una mirada, una boca abierta en la que se ahoga el grito?

 

Repasar la obra de este hombre inquieto, de este buscador de sentidos, de este explorador de sí mismo y de los otros, resulta una experiencia como mínimo estimulante, cargada de sugerencias, de puntos de partida para llegar a razones, mejor a esas desazones necesarias para seguir siendo. “Bucear debajo de la superficie para encontrar preguntas y respuestas”, se retrata este artista al que no le motiva incluir ningún aspecto de la naturaleza en su pintura. “Me interesa el hombre y la sociedad, por ello creo que la misión de todo arte, además de las conquistas estéticas y la ampliación de los límites de lo que entendemos como tal, debe intentar ser al mismo tiempo un espejo que muestre la cara de la sociedad contemporánea y un receptáculo que atrape este tiempo”, señala. Sirva esta declaración de principios de melodía de fondo, de brújula para iniciar un viaje en el que, repitámoslo, cada cual ha de encontrar su propio final.

 

¿Qué piensa el que se asoma a la ventana y se enfrenta a los fragmentos de su propia existencia, qué reflexiones nacen del evanescente, efímero, movimiento de las nubes que contempla, qué imágenes le despiertan las manchas de color, los mensajes, las señales, los impulsos de energía enviados al espacio por este artista de la abstracción? “¿Qué es el lienzo, qué es lo que vemos en él representado?”, se planteaba Malevich, tan inspirador para Ciria. “Una ventana a través de la cual descubrimos la vida”, concluía.

 

“Es curioso constatar cómo la racionalidad, la tecnificación y la complejidad del mundo actual tienen como contrapartida, por un lado, la evanescencia y, por otro, lo impresionable, lo sentimental. Parecería que el ser huyese de lo real y sólo encontrase en sus heridas la memoria del mundo. Parecería que sin dolor ya no hubiese palabra posible. Ni verdad ni creación. En el corazón del hombre actual se ha instalado una soledad que le hace gemir y no es de extrañar que lo que a muchos artistas les gusta mostrarnos sea precisamente la sangre. Una sangre menstrual. Cadáveres exquisitos de materia”, sostiene Marek Sobczyk en su ensayo De la fatiga de lo visible.

 

Según el artista y filósofo franco-polaco, hoy el cuerpo parece ser la representación perfecta y definitiva de “el único agujero universal de nuestro reconocimiento”. “El cuerpo moderno”,  afirma, “ya no es solamente un monumento admirable, sino una esponja que rezuma la sangre ignominiosa de la historia que su memoria transpira. Es un cuerpo tan herido y autónomo que tiene derecho a invocar e interpelar los sufrimientos; el arte ya no puede responder por los hombres pero, en el mejor de los casos, puede responder por un sujeto y en nombre de su parcialidad”.

 

Habla Sobczyc de la deformación, de lo grotesco, de las dosis de fealdad que emanan de las sociedades modernas. Remite al dolor, a la angustia, a la rabia, a la amargura, al complejo, a la manía, a la obsesión, al miedo, al deseo, a la violencia… Sus palabras podrían ser ilustradas con el rojo que atraviesa toda la obra de Ciria, con los rostros desencajados con los que éste se rebela, removiendo las conciencias de quienes miran y se dejan mirar. Pero no se trata de sumarse a esa corriente del arte actual a la que alude el texto -una y otra vez Ciria reniega de las modas, del arte espectáculo, de la ocurrencia meramente provocadora- sino de escudriñar, de reflexionar en torno al desasosiego para saber por qué se mueve el hombre contemporáneo en esta dirección, para auscultar la confusión de sus emociones, la incertidumbre de sus pasos sobre la tierra.

 

“Quiero reflejar el desgarro del mundo. Son los míos personajes asustados en busca de ternura, de comprensión”, ha declarado el artista, consciente de que quien se pare ante sus hombres podrá sentir la desagradable sensación de estar ante un espejo de sí mismo, el miedo a enfrentarse a sus propios fantasmas y carencias. Le interesa al creador desenmascarar el juego de las apariencias, de la ocultación, sacar a la luz lo que normalmente no se quiere enseñar, llevar al espectador a los límites de su crueldad, de su egoísmo, de su locura.

 

“Nadie se presenta ante el otro con la imagen que tiene de sí, sino con la que compone para que su propuesta de relación tenga éxito. Estamos tristes, pero en el momento de la interacción o acentuamos la expresión de la tristeza para ser compadecidos, o la atenuamos para que se reconozca nuestra entereza ante el infortunio, o la ocultamos, si lo consideramos pertinente”, escribe Carlos Castilla del Pino en su obra Teoría de los sentimientos. “La pedantería, la cursilería, el tono chulesco, el recato, la mesura, etcétera, constituyen yoes públicos que el sujeto juzga idóneos para el éxito en la interacción. Para la escena pública la imagen ha de maquillarse a tenor de lo impresentable de la imagen íntima. Ese es el dinamismo de la impostura”.

 

Un dinamismo que José Manuel Ciria busca desmontar por medio de un juego de espejos, de una indagación profunda en los mecanismos de la memoria, del reconocimiento, de la identidad. Una danza de contrastes, una combinación de rojos, negros y blancos, una multitud de ojos observando, atisbando signos y formas tal vez indescifrables.

 

“Es tan difícil llegar a conocerse que a casi cualquier opinión que oímos verter sobre nosotros, le concedemos un desaforado valor. Contarse a sí mismo,  tanto aritméticamente como literariamente, representa el ejercicio más incierto. La verdad escapa de nuestro análisis, puesto que cualquier punto de vista sobre uno mismo requiere antes la sesgada elección del ángulo de visión, la manipulación del objetivo o su imposible objetivación (…) Nos preparamos para presentarnos ante el espejo con el temor a vernos mal o muy mal. A reconocernos, en fin, lo indeseable (…) Nada hay concreto e inmutable en nuestra imagen ni tampoco a resguardo de otra interpretación, puesto que la misma extrañeza con la que nos auscultamos nos indica la fragilidad del conocimiento que poseemos”. Así se expresa Vicente Verdú en su ensayo, La ausencia.

 

Tanto en sus cuadros más abstractos como en sus series de las Cabezas o de las Máscaras de la mirada, lo que Ciria pretende es llegar más allá en el conocimiento de los mecanismos mentales y emocionales que constituyen al ser humano, que le convierten en único y le llevan a relacionarse con sus semejantes. El artista se detiene en esos complejos momentos íntimos que no se ven, pero que tienen manifestaciones evidentes en la modificación del gesto, de la postura, en la coloración del rostro, en el leve, entrecortado, susurro de la voz, en la textura de la piel erizada.

 

Juega a las posibilidades, a los puntos de vista, a esas imágenes, sensaciones, momentos huidizos que sólo la creación permite grabar, fijar en la retina. Castilla del Pino habla de señales, de signos naturales: el rubor, la respiración afanosa y entrecortada, la taquicardia, la elevación de la tensión arterial. “Hay una desproporción entre las escasas formas de expresión y la multiplicidad y matización de la experiencia interna, cuestión de interés que sugiere una nueva dimensión al problema de la intimidad  e incomunicabilidad de los sentimientos”, señala.

 

Si algo le interesa a Ciria es abrir la ventana de esas emociones, hacerlas visibles. A través de los gestos petrificados, congelados, atrapados, detenidos, el artista quiere provocar reacciones en el espectador. Como él mismo dice sus rostros pueden provocar miedo, pero son ellos los que están atemorizados ante el mundo que contemplan, ante el impacto que determinadas imágenes o acontecimientos les han provocado. ¿Qué ha podido insuflarles tanto pavor? Tal vez la visión de la guerra, de la tortura; tal vez la incapacidad para salir de la cárcel que impone el sistema y que les impide ser ellos mismos.

 

El propio artista insiste en que sus personajes piden ser entendidos, en que buscan algo de empatía, de comprensión. El hombre contemporáneo, comunicado a través de universos virtuales, aislado en las redes de su propio narcisimo, siente que los demás son extraños. “El yo de cada persona se ha transformado en su carga principal; conocerse a sí mismo constituye un fin, en lugar de ser un medio para conocer el mundo. Y precisamente porque estamos tan autoabsorbidos se nos hace extremadamente difícil llegar a un principio privado u ofrecer cualquier valoración clara a nosotros mismos o a los demás acerca de la naturaleza de nuestras personalidades”, señala el sociólogo Richard Sennett en El declive del hombre público, donde reflexiona sobre la amenaza de los extraños en la sociedad actual, la distorsión que ha experimentado el sentido de comunidad y el exceso del culto al yo.

 

“El otro nos mira, nos mide, nos talla, nos diseca. En su pupila nos delimita. Por contraste, la dificultad de autoconocernos nos libera”, sostiene Vicente Verdú, quien, en una línea paralela, bordeando las mismas búsquedas que se plantea Ciria en su trabajo, analiza el sentimiento de pérdida, de vacío, que define un presente dominado por la desorientación, el caos, el extravio. Al igual que Ciria en sus obras, Verdú habla de lo efímero, de lo volátil, entroncando con otros pensadores como Lyotard, Lipovetsky o el Bauman de la oscuridad líquida en la constatación del desprendimiento, del vuelo hacia ningún lugar. “De tal viaje aéreo se deduce, por tanto, nuestro vértigo. Y de tal vértigo se deriva el mareo, la especulación, el crash”, razona el autor.

 

Y Lipovetsky se refiere al “debilitamiento del hombre contemporáneo, cada vez más fragil, más estresado, más herido, más enfermo”. ¿No es acaso ese hombre el que pide ayuda, el que reclama algo de ternura en los cuadros de José Manuel Ciria? ¿No son esos hombres los que se duelen por no tener un sitio adonde ir, por no estar cómodos en ninguna parte, por no saber qué buscar, en qué lugar perdieron la sonrisa?

 

El tema de sus series de las Cabezas de Rorschach es siempre el mismo, pero las variaciones son infinitas. Ciria y sus repeticiones recuerdan al Raymond Queneau fundador del Oulipo, quien logró contar de 99 maneras diferentes en sus Ejercicios de estilo un mismo y simple incidente, la historia de un hombre de cuello alto que pelea por quitarle el asiento a otro en la plataforma trasera de un autobús. Como el Queneau que fue capaz de mezclar los versos de diez sonetos en miles de millones de posibles combinaciones, Ciria no se cansa de experimentar con los mapas del rostro, de la mirada; no termina nunca de componer los fragmentos rotos de la identidad, de atrapar las luces y sombras de la memoria, los latidos del tiempo.

 

¿Hacia qué cielo se abren sus ventanas? ¿Qué les gustaría ver a sus personajes para serenar el gesto? No hay un mar en calma frente a ellos, pero sí tempestades. No se intuye felicidad tras su mirada, ni sosiego, pero sí impotencia, sombras amenazadoras… “Nuestra exigencia actual no consiste en interrogar a los dioses, sino en provocarnos terror. Darse miedo es un aprendizaje de autodominio”, sostiene Marek Sobczyk.

 

Los dioses, la vuelta a la parte secreta, enigmática, misteriosa, mágica, sagrada, de la vida. Puede que ahí estén las respuestas, la calma, la esencia perdida, el sitio al que finalmente mirar, al que poder dirigirse. “En lo más hondo de la relación del hombre con los dioses anida la persecución: se está perseguido sin tregua por ellos y quien no sienta esta persecución implacable sobre y alrededor de sí, enredada en sus pasos, mezclada en los más sencillos acontecimientos, decidiendo y aún dictando los sucesos que cambian su vida, torciendo sus caminos, latiendo enigmáticamente en el fondo secreto de su vida y de la realidad toda, ha dejado en verdad de creer en ellos”, escribe María Zambrano en El hombre y lo divino.

 

Las ventanas de Ciria pueden estar abriéndose en esa dirección. Tal vez sus hombres estén atisbando un sitio adonde ir;  como dice Zambrano, pueden estar anhelando mirarse desde lo que les rodea, los árboles, las piedras y, sobre todo, aquello que está sobre sus cabezas y permanece fijo sobre sus pasos, “una bóveda de la que no pueden escapar: el firmamento y sus huéspedes resplandecientes”.