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Manuel Villanueva. Orense.

Manuel Villanueva. Palacio Simeon. Orense.

Texto catálogo “Five Squares. Series Americanas”. Palacio Simeón. Diputación de Orense. Orense, Diciembre 2010.


UN ATARDECER CON CIRIA

Manuel Villanueva

 

Permanecíamos inmóviles mientras el sol se apretaba en el horizonte dispuesto a cerrar los párpados del cielo. Entiendo la melancolía del ocaso por ese sabor que tiene de dolor de espedida, por esa marcha del sol a un nuevo territorio por descubrir que viene emparejado con el nacimiento de un nuevo día. Ciria no es melancólico pero su mirada, en esta hora del atardecer, enseña un halo de inocencia mezclado con curiosidad. Sus ojos abiertos, como el obturador de una cámara fotográfica, fijaban en la retina el instante como si fuera eterno. Tiró de manual y citó a Pessoa: “No vemos lo que vemos, vemos lo que somos”, y en ese momento el sol desapareció dejando en el cielo esa especie de tatuaje imaginario que habla de la construcción de la belleza, ese escenario de abismos cromáticos. Ciria miraba.

 

El cielo dibujaba esa paleta de colores que tienden a enseñarse en las partes más vivamente iluminadas. Un mundo de luz: rojos, azules, amarillos; reflejos vivos, desvaídos, renacidos; tonalidades que se sirven del color para expresar con su fuerza lo que quieren dejar en tu alma; encantos de la existencia cotidiana, la poesía de lo pequeño. Entonces se lo dije: “Es como tu pintura, José Manuel, reclama una mirada creativa, necesitada de belleza. Aquí como en tus lienzos hay una descomposición de figuras que nos recuerdan la fugacidad y la fragilidad de casi todo, como en un diálogo de Shakespeare”. Una intensidad generadora de un impulso sin porqués, un ensamblaje de lo salvaje, lo natural y lo urbano: máscaras amazónicas, banderas náuticas desestructuradas, monigotes en La Guardia Place… “Esos rojos son tuyos, tu eje flamígero”.

 

Ciria pinta al rojo vivo y mientras lo hace suma a su pintura la expresión de quien la mira. El vive en la pintura, piensa en la pintura, la visualiza y verbaliza a cada instante, le corren por dentro los colores como la sangre por sus venas. Sus manos enchufadas a la cabeza se deslizan por las telas, expresan su latido, cumplen sus órdenes, disparan los colores como inesperados latigazos.

 

Decía el, poeta ourensano, José Ángel Valente, que “las palabras saben más que nosotros”, en la pintura de Ciria hay algo más que palabras, hay un régimen de misterios que te empapan, que afloran emociones, que palpitan ante los ojos como destellos de vida. Salen chispas de sus cuadros, de la electricidad de sus manos, conectadas –insisto- a su inteligencia creadora.

Lleva puesta la pintura como su segunda piel, la enseña en pluralidad de formas y tamaños, capacidades, que se convierten en mil opciones posibles. Otra manera en llamas de contar el mundo.

 

Se iba la tarde en aquella colina de la Playa de Loira, se quedaban las miradas, la conversación y la pintura como un panorama táctil. La luz dejaba su vigilia. En la mirada de Ciria permanecía el ocaso, no como una pequeña muerte sino como un alumbramiento, el nombre de una nueva obra: “Lusco fusco”.

 

Desde allí, desde aquel pequeño mundo y rodeados de seres queridos, celebrábamos la presencia de las cosas. Llegaba la noche como un centinela espiritual y silencioso y la fugacidad hacía de brújula. Somos lo que miramos.