CIRIA • web oficial | Ángel Antonio Herrera. Barcelona. 2005.es
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Ángel Antonio Herrera. Barcelona. 2005.es

Catálogo exposición “Limbos del Fénix” Galería Bach Quatre Arte Contemporani, Barcelona. Octubre 2005


EL DUEÑO DEL VOLCÁN o, EL PREFERIDO DEL INCENDIO o, SALVAJE ES EL QUE SE SALVA

Ángel Antonio Herrera

 

José Manuel Ciria tiene la clave escasa y suprema del gran creador, que acaba siendo una clave doble: el verbo distinto y el universo propio. Ciria es siempre otro idioma. Ciria es Ciria. No hay más alta consagración en el artista, por encima o por debajo de cribas generacionales o escuelas históricas, que parecerse sólo a sí mismo, en un órdago apasionado y apasionante donde va la vida entera. Joan Miró vino a explicarlo de otra manera, cuando alguien, durante una exposición del maestro, le reprochó dulcemente que colgaba cuadros que eran “sólo una línea”: -De una línea nada, caballero. Una línea que es una vida entera.

 

Pues eso. Ciria ha logrado aquello tan raro y decisivo que es “la voz única”, el “yo indudable”, el lenguaje propio, en fin, que resulta la huella digital del verdadero creador de hoy y de siempre. El no hace líneas, o no hace muchas, pero pinta con la vida entera. No hay más triunfo que no ser nunca confundido. En Ciria va sobrando la firma, por decirlo de modo urgente, prueba de que la firma siempre está, aunque no esté.

 

Naturalmente, nada de todo esto tiene que ver con la autoimitación, o acaso con la autocomplacencia, que es el diagnóstico de la muerte en vida de tantos, sino con la singuralidad o la excepcionalidad, y aún más con la exploración, desde luego extenuante, de ambas cosas, sin miedo siquiera a quedar “brillantemente monocorde”, que es lo que aconsejaba Pavese, a otros efectos, que también nos sirven. El genio es una larga paciencia, según máxima ya antigua, pero aún vigente.

 

Hace tiempo, probé a definir a Ciria como “un solista del relámpago”, porque prospera en su obra un gobierno de lo incalculable, una afinación de lo espontáneo o una armonía de la fiereza, o todo junto, siempre bajo aquel pronóstico de André Breton que promovía que la belleza moderna será convulsa o no será. Ciria trae todas las depuraciones de la mejor abstracción, pero una abstracción pensada con pericias de cartógrafo, con minuciosidades de geómetra, y luego resuelta bajo una euforia abundantísima, invasiva, casi terminal, que remata grandiosamente el milagro “Entre orden y caos” tituló él alguna muestra, pero también entre el esplendor y el residuo, o entre la majestad y la nada, por dar otros juegos de balanza de dúos contrarios, que son juegos que seguro no disgustan a nuestro artista.

 

Siempre asoma o se oculta algo, en sus series, de matemática emocionada y emocionante. Y siempre nace o muere algo, o mucho, de gigantismo sorprendido y sorprendente, constelándolo todo, hasta que los lienzos se vuelven, en rigor, inexplicables, porque la esencia mayor del arte es el misterio, que provoca que cada contemplación sea una nueva contemplación y hasta una contemplación inaugural. He aquí una de las llaves de la obra perdurable, que luego suele adornarse, claro está, de otras destrezas. Ciria piensa para luego no pensar, doble sabiduría que desborda y enriquece de cálculo el atrevimiento y al contrario. En Ciria se cumple, sí, el equilibrio, casi imposible, por natural, entre la emoción y la idea, entre la premeditación y la furia, alumbrando al fin unas telas donde la tempestad tiene magias de geometría y la memoria color de trueno. Donde la catástrofe resulta un reordenamiento, acaso el mejor de todos los reordenamientos. Viene a dar igual que use lienzo, tela de camión u otros soportes indagatorios, o que se abandone al artificio del collage o la fotografía, según ha preferido a rachas.

 

Parece que todo aquello hubiera sido perpetrado, de súbito, por un volcán, pero por un volcán sometido a una larga e íntima obediencia, que no es otra que la intuición o inspiración del artista, que acaba o empieza por decidir las lavas o acentuar las cenizas. Arriesgó Rimbaud que el poeta no es sino un ladrón de fuego. Ciria es el dueño del volcán. Ciria es el preferido del incendio. Uno ha pasado largas e inolvidables noches de desvelo, a espaldas de todo y de todos, escrutando la obra, remota o no, de Ciria, y la experiencia acarrea una rara suerte de gozo estupefaciente, hipnótico incluso. Uno llega a vivir en un cuadro de Ciria. Quiere decirse que la obra llega a contemplarnos, y no al contrario, en un trance que trae todas las vastedades de lo misterioso, todos los canibalismos de lo acechante y todas las dignidades de lo desconocido. Contemplar es viajar, que es como decir que contemplar es desconocer. En Ciria están todas las lejanías. A menudo, frecuentando lo suyo, he recordado el aforismo del gran Leonardo: “salvaje es el que se salva”.

 

Parece escrito para Ciria. “Salvaje es el que se salva”. No otra cosa venimos apuntando y apuntalando aquí, cuando hablamos de su obra como cruce de investigación y desastre, como viva reyerta de audacia y meditación, como sagrada y difícil vecindad de paciencia y exceso. Se trata de pillar al silencio en un grito. Se trata de hacer de la memoria una forma de imaginación. Ciria echa a navegar la memoria, en arborescencia de mancha, y deja que en torno respire el silencio, o bien su eco, la nada, cuajando sucesivas ventanas íntimas, interiores, aparentemente volubles, pero siempre reacabadas, donde las cosas ya no son como son, sino como las recordamos, y donde, a resultas, la verdad es la invención de la verdad. Ciria sabe, como los hondos poetas, que nada da mejor y más iluminadamente una emoción, o el recuerdo de una emoción, que una metáfora inesperada, insólita, sorpresiva, cruzada de términos contrarios, y por eso él se fuerza a hablarnos desde aleaciones imposibles, desde alquimias adversas, incluso, que son la metáfora de quien no usa metáforas, sino directamente la pugna del color o la bacanal de la geometría.

 

Fernando Castro Flórez ha apuntado que la estética de Ciria tiene mucho de monumentalidad, aunque produzca en el espectador el efecto del desasosiego. Fernando Huici confiesa que las piezas de Ciria, allá por principios de los noventa, le transmitían la extraña e imposible certeza de ser cristalinas. Juan Manuel Bonet resuelve que en Ciria, por épocas, se equilibran lirismo y construcción. Marcos Ricardo Barnatán celebra en Ciria la emergencia de la imaginación. Ninguna de estas teorías se nos antojan excluyentes, entre sí mismas, y hay muchas más, y las que vendrán, firmadas por otros encumbrados teóricos, pero toda reflexión, en arte, deviene siempre en aproximación, porque el misterio es un abismo o no es misterio, y no hay abismo que quepa en un artículo. Ni en un libro. Ni siquiera en todos los libros. Más que una glosa crítica, pues, lo que uno desearía para José Manuel Ciria es un poema ardiente o algún otro raro don digno de las profundidades o las fiebres. Algo, logrado de penumbras, que se parezca a la perfección de sus catástrofes.

 

Toda gran obra está siempre pendiente de contemplarse. Salvaje, sí, es el que se salva. Aquí tenemos el caso.