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Victoria Combalía. Barcelona. 2002

Texto catálogo exposición Ecos del Simulacro. Galería Bach Quatre. Barcelona, Abril 2002


RETOMAR LA PINTURA

Victoria Combalía

 

Los principios del siglo XXI no han sido muy halagüeños para la pintura. Por doquier proliferan las fotografías y en esta disciplina, ella misma importantísima desde su nacimiento en el siglo XIX, vemos todo tipo de producciones. Las hay de gran calidad, pero las hay que repiten un parámetro documental y sociologista sin mayor interés que el de ser un registro de la banalidad de la vida cotidiana.

 

De ahí que ver pintura y gozar de la pintura deba de ser saludado, por raro que pueda parecer, como una bocanada de aire fresco. La pintura no morirá, sino que se renovará con aliento nuevo, materiales nuevos, nuevas propuestas. Como siempre, lo que cuenta es el origen sincero y que la obra sea capaz de comunicar sensibilidad e intensidad. José Manuel Ciria, desde que lo conociera en París en donde él disfrutaba de una estancia en el Colegio de España, lo consigue plenamente, con una obra que es ya clásica dentro del panorama de la pintura española contemporánea.

 

Ciria se basa en la gran lección del Action Painting norteamericano que deja el gesto libre y que utiliza el impacto de accidentes como goteos, manchas y materia. También utiliza el dibujo lineal y garabateado, a la manera Cy Twombly. El pintor alterna las formas biomórficas con las líneas negras y una estructura, perceptible o no, que le ordena la composición. Su gama de colores perpetúa el tradicional registro de marrones, blancos y negros, en la que tanto se lució Goya, aquí ampliada a ocasionales bermellones.

¿Es la suya una pintura de acción o de meditación? Nos lo hemos preguntado varias veces, comparándola a la de sus antecedentes americanos. ¿Ha de hablarse de libertad total o de concentración? Los estallidos y las irregularidades matéricas, lo que parece realizado espontáneamente y al azar, de forma casi automática, me parece a mi que es solo una parte, y que la otra reside en una amorosa armonía de oficio y condensación.

 

Una lección de buen hacer, para una pintura que nace con el siglo.