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Rubén Suárez. Zaragoza. 2001

Texto catálogo exposición Después de la lluvia. Museo Pablo Serrano. Zaragoza, Mayo 2001


Ciria en la antigua carpintería y después de la lluvia

Rubén Suárez

 

La última exposición de José Manuel Ciria, anterior en poco más de un mes a la que ahora podemos contemplar en Zaragoza, tuvo lugar en Oviedo y constituyó para todos: espectadores, críticos, artistas y la propia obra, una muy sugestiva experiencia, en buena parte inducida por el contexto arquitectónico que le dio acogida material. El lugar en cuestión es una antigua carpintería situada en el barrio ovetense de La Tenderina y que está destinado a ser el Centro de Arte Dasto, un segundo espacio de la galería del mismo nombre, en el que se instalarán en el futuro talleres individuales para artistas emergentes y otros didácticos para la formación en distintas disciplinas como el grabado o la fotografía.

 

Pero mientras el día de su apertura llega, el espacio del que hablamos es hoy un destartalado cascarón vacío, con las paredes laceradas, desnudadas de la escayola y aún reciente el recuerdo del desescombro. Sin embargo, en su desolado aspecto, en la construcción interior, laberinto de vanos, tabiques y distintos niveles, y también en las seducciones de su historia deshabitada, encontró José Manuel Ciria, que es artista de reconocida capacidad para tomar memorias prestadas, una magia especial capaz de añadirse, en la convivencia, a la sugestión de su obra. “No lo toquéis más, que así lo quiero para mí”, dijo. Y aunque la experiencia tiene precedentes en la historia del arte -antiguas fábricas, arsenales, cárceles o aparcamientos- hay que decir que en este caso el éxito de la propuesta resultó contundente. Todos los asistentes a la inauguración, que incluyó un concierto, aficionados al arte y vecinos del barrio que nunca habían entrado en una galería, superada cierta perplejidad inicial, se mostraron encantados con la obra y con el lugar.

 

Uno de los primeros en entrar resultó ser precisamente un antiguo trabajador de la carpintería, ya jubilado. Me encontró a su paso según lo hacía y sin más preámbulo me espetó con mal disimulada irritación: “Ya podían haber adecentado un poco esto para hacer la exposición”. Como pude, intenté explicarle las razones del artista, aunque temo que no le convencieron en absoluto. Se adentró sin embargo en el espacio por él tan vivido en el pasado. Estuvo mirando un buen rato y al salir me dijo: “Pues tenía razón el señor pintor, porque las paredes dicen lo mismo que los cuadros”. ¿Puede un artista esperar oír algo mejor?

 

UNA ANATOMIA DE LA PINTURA

Y bien, ¿qué nos decían las paredes y los cuadros? Paul Valéry aseguraba: Yo escribo medio poema y el lector la otra mitad. Voy a permitirme ejercer en este caso el derecho a mi mitad de lectura, bien modesta, porque a Ciria le sobran críticos relevantes que teorizan con brillantez sobre las claves de su obra en general, y él mismo es uno de ellos, y porque me apetece fabular un poco sobre las sugerencias que esta última familia de obras en concreto me provocan, situadas en este específico lugar, y sobre el modo en que el contexto en el que se exponen puede afectar al significado de la pintura.

 

Las obras expuestas pertenecían a la serie Sueños construidos, título que ya nos expresa la doble condición de gesto y orden, azar y construcción, que caracteriza la savia y la infraestructura de la creación de Ciria, a partir de ahí siempre abierta a la articulación de distintos lenguajes y significados conceptuales. Ciria es lo que se ha dado en llamar un abstracto con recuerdos, los suyos propios y los encontrados, digamos “objets de memoire”. Los encuentra por ejemplo en esas lonas de camión o militares que son soporte característico de sus obras y cuyos desgarrones, parches, costuras, remaches y maculaturas constituyen memoria previa, imágenes preexistentes que le ayudan a conducir el proceso creativo, pero también en la fragmentación geométrica de su factura. Esas lonas, en el contexto que venimos comentando, en la fría y mortecina soledad de la antigua carpintería que bien podría evocar una morgue; las veríamos en la presente lectura como lienzos para cubrir mesas de disección, que no asistirían al encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser, sino que serían el terreno en el que José Manuel Ciria realiza una anatomía de la pintura; partiendo de sus cabezas de Rorschach, humanas cabezas destrozadas de las que se desprenden fluidos orgánicos, substancias celulares que espumean en blanco y rojo o discurren en negro siguiendo azarosamente la ley de la gravedad como arroyos formados por la suma de las gotas de lluvia sobre el cristal.

 

En la dramatización histológica de la hermosa abstracción lírica que Ciria es capaz de crear y que como lector me he permitido interpretar, se hace texto plástico la sentencia de Breton de que la belleza ha de ser convulsa o no será. Curiosamente, Max Ernst, el más inteligente de los surrealistas y a quien Ciria rinde especial tributo, finalizó uno de sus escritos parafraseando la conocida frase, para decir “la identidad será convulsa o no será”. Convulsión de belleza y de identidad en esa tendencia de la pintura a ser otra cosa, las cabezas de Rorschach convertidas en mancha orgánica y lírica como las formas de las moscas aplastadas en el blanco papel doblado.

 

Pero todo lo escrito está referido, como antes se advierte, a las sugestiones producidas por el contacto de la obra con un lugar desolado y excitantemente tétrico, en el que las paredes decían lo mismo que los cuadros y ambos eran proclives a estimular invenciones varias, al recorrer con la vista sus superficies como Leonardo recomendaba. Sería interesante establecer una comparación viendo como funciona la obra en el espacio moderno y confortable del Museo Pablo Serrano.

 

DESPUÉS DE LA LLUVIA, LEVÁNTATE Y ANDA

José Manuel Ciria titula su exposición de Zaragoza “Después de la lluvia” -la de Oviedo “Viaje a los lagos”- reiterando la condición delicuescente de la serie actual, Glosa líquida dentro de sus Sueños construidos que tiene su traducción evidente en la formalización de la obra, de condición más acuosa, dilución de texturas, reducción cromática, líquido discurrir de las formas. Pero “Después de la lluvia” supone también un homenaje -además de una cita- a uno de los cuadros más conocidos de Max Ernst, “Europa después de la lluvia”, la obra con la que el maestro surrealista quiso significar el escenario de desolación y muerte que se abría en el continente después de la segunda guerra mundial. Homenaje, a quien la historia de la pintura debe más en cuanto a la creación de recursos técnicos como medio de potenciar las imágenes y sus metáforas implícitas, y cita de su título, para referirlo a la implicación intelectual y estética de nuestro artista en la situación actual de la pintura, después de su tantas veces proclamada muerte, y que tiene su manifiesto en el bodegón Vanitas (Levántate y anda).

 

En este caso, ejerce José Manuel Ciria de cirujano plástico y nunca mejor dicho. La pintura no está muerta, y lo que procede por tanto no es certificar su defunción ni la actuación de un forense. Sucede que, como tantas veces en la historia, necesita de una intervención capaz de revitalizarla, darle nueva voz y sentido, pero en el cuadro, en la materialidad de su superficie, al margen de añadidos presupuestos postizos, políticos o sociales. Vanitas (Levántate y anda) es una aproximación muy certera a una cuestión que necesita su tiempo para resolverse. Ciria busca -como en su día lo hicieron los cubistas- la creación de nuevas sensaciones espaciales, un nuevo espacio pictórico, sutil y complejo, creado por una banda de aluminio que es ficción de una mesa en la que no se depositan, sino que son atrapados distintos cuadros -materia que forma parte de la memoria de la pintura, de su pasado, creando un diálogo entre esa memoria y un nuevo lenguaje de los volúmenes y el espacio. “Levántate y anda” le dice a la pintura y con ello adquiere un compromiso propio de un gran artista verdaderamente comprometido con ella. Sin duda la pintura andará porque, como todos sabemos, nunca está suficientemente muerta. No necesita milagros, pero si talento y rigor como los que José Manuel Ciria pone en su trabajo.