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Marcos Barnatán. Málaga. 2000

Texto catálogo exposición “Elogio a la diferencia” Colegio de Arquitectos de Málaga. Enero 2000 Enero de 2000


DRAGONES OCULTOS

Marcos-Ricardo Barnatán

 

I

“El mar de la existencia emergió de lo oculto.”
Omar Khayam

 

En una habitación de hotel, no sé en cual ya que la madrugada no acaba de hacer estallar sus luces y en la imprecisa penumbra del viajero que despierta aún no se dibuja el perfil de la ciudad en la que ha dormido. ¿Es el Hotel Savoy frente a la estación de la brumosa Malmö que el aire barre con delicadeza nórdica, o es esa otra, la que da a un callejón sin salida en la invernal Granada, el hotel sin nombre en una esquina de la Alejandría del norte, esa ciudad que sobrevive cerca de los prados que vieron y olvidaron el fragor de Marengo?

 

En una habitación de un hotel que despierta al aroma espeso del café matutino filtrado por las rendijas de unas puertas de madera lustrosa, alguien piensa ingenuamente en un verso de Shakespeare: ” No te interpongas entre el dragón y su furia”.

 

La espléndida huella del Rey Lear es quizá parte de un sueño trunco, de una pesadilla de madera policromada y colmillos de renos, inspirada por una imagen de finales del siglo XV que representa al San Jorge de los escandinavos atravesando con su lanza a un desgarrado dragón que espera el golpe áureo de la espada del héroe con la ansiedad del monstruo que quiere acabar su agonía.

Antes de encender el velador y comprobar la hora, recuerda que esa imagen está en la iglesia catedral de Estocolmo, y que fue mandada construir por un párroco que dirigió con éxito la resistencia sueca de una invasión danesa. El enorme exvoto y el discreto verso de Shakespeare se confunden en su memoria mientras la luz desparrama los muebles de la habitación y hace de la noche una extraña constelación de objetos azarosos. De la mesilla próxima recupera unas gafas y tras los cristales de miope descubre manchas de sangre sobre el embozo.

 

II

“y vamos hacia los oros de la sombra antigua” José Angel Valente

 

Hay en este mundo vasto y poliédrico devotos de Rembrandt, de Matisse y de las superficies vertiginosas de Mark Rothko, los hay también fieles cultivadores de una alta poesía, multiplicadora y desesperada, que cifra sus arduas metáforas en un espacio saturado de desarmonías y de luces ambiguas, en un espacio armado para ser también territorio intenso, rico en tesoros dispuestos para reverberar en la avidez de un espectador vigilante.

 

En cada cuadro de José Manuel Ciria, como en la de los artistas lúcidos y laboriosos que no se conforman con una mera imitación gélida del mundo, hay siempre esa irradiación emancipadora de la imagen que sabía entregarnos el verso de Mallarmé: una realidad explícita más una realidad oculta que nos es gratamente inducida por la que vemos. Como en el trasfondo de los sueños “acecha una resignada y sonriente melancolía”, en un plano tan secreto como involuntario el pintor -como el visionario- esconde y revela a la vez unas imágenes que nuestra inquisitorial mirada debe terminar de resolver por sí sola. En esa complicidad creadora del ojo y en esa tensión visual del otro ante la obra expuesta reside el imprescindible estímulo que nos hace factible el prodigio.

 

Esta vez Ciria nos da algunas de las versiones posibles de un mismo sueño, como si estuviéramos ante una infinita reescritura del sueño, y también los ensayos preparatorios que lo llevaron a él. No es una exposición corriente, hay una voluntad de análisis reflexivo poco común. Afrontar el riesgo de desvelar cada una de esas “versiones y diversiones”, de mostrar el memorial de convergencias y divergencias que no es suma perfecta sino una desordenada sucesión de indefinidas posibilidades -porque así es la memoria de los hombres-, lo compromete y lo estimula.

 

Octavio Paz habló de su trabajo de traductor de poesía -¿acaso el pintor no intenta también traducirnos los erigidos enigmas a un lenguaje propio en el que se reconoce y lo reconocemos?- como una curiosa combinación de “pasión y casualidad”, respaldada por un trabajo de creación que exige recursos análogos al del poeta.

 

Ciria , que al enfrentarnos con su obra nos reclama un instante de fe, desconoce una pintura sin transfiguración crítica: por eso su trabajo combate toda “indolencia de la satisfacción”.